Autora: Begoña Carrasco
Otoño. El día despertó con un color apagado. Unas nubes descoloridas anunciaban chubascos en toda la ciudad.
Luz artificial en la cocina de Andrés. Ésta le ayudaba a ver con nitidez los diferentes utensilios para elaborar un delicioso desayuno que tomaban en la terraza. Miró al cielo, a través de los cristales del ventanal y su cuerpo se recogió como si sintiera el frío del exterior.
Colocó en la mesita de la terraza, como cada día, meticulosamente ordenado, todo lo necesario para dos comensales.
—Abrígate querida, hoy se nota el fresquito del otoño.
No hubo respuesta.
—El desayuno está listo —dijo Andrés al tiempo que le acercaba la silla.
—¿Has descansado bien? —preguntó él.
No hubo respuesta. Tampoco la esperaba, estaba acostumbrado.
El aire empujó gotas de lluvia, que se colaron en la terraza, nacidas de alguna nube pasajera.
Andrés dejó la tostada que estaba a punto de morder y se levantó de la silla para dirigir sus pasos al interior de la casa. En unos minutos apareció de nuevo con un chal que amorosamente colocó sobre los hombros de ella.
“Gracias, querido”, creyó oír Andrés.
El cielo comenzó a despejarse y dejó que un sol esplendoroso saliera de su escondite. Andrés acercó una tumbona para que ella reposara y la invitó dulcemente a descansar.
Discurría el día, como los demás, dentro de una rutina ya conocida. No sabían de discusiones, esas que tenían otras parejas, con insultos y palabras malsonantes incluidas.
Poco a poco, se fueron terminando los días, las semanas, los meses… Y estos sumaron casi veinte años.
Fue un día de primavera, soleado, por la mañana. Andrés se desplomó. Sobre las frías baldosas, un corazón que se olvidó de latir.
El vecino próximo a su terraza, al no oír ruidos de vida en la de Andrés, avisó a la policía.
Llegaron bomberos y agentes uniformados. Éstos solo pudieron certificar el fallecimiento de Andrés. Sin señales de violencia, tumbado en el suelo de la terraza, junto a la mesa ya lista para que dos almas gemelas puedan tomar un desayuno exquisito.

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