Autora: Begoña Carrasco
Una lluvia sin medida cae torrencialmente. Los pocos automóviles que circulan levantan el agua encharcada en volandas.
Él se cobija bajo la tejavana de la taquilla de un cine.
Alto, de pelo negro, una gabardina tres cuartos de tergal gris. Sostiene con su mano derecha una pipa de tabaco que va dejando allá por donde va un aroma de tranquilidad, que invita a estar cerca de él.
El agua sigue corriendo a mares por el asfalto, busca una alcantarilla donde colarse y poder descansar.
El hombre sigue cobijado y levanta su brazo izquierdo, mira la esfera del reloj. Un gesto impaciente se dibuja en su rostro.
Transcurren más o menos cinco minutos y aparece la persona con la que se ha citado. El rostro del hombre se ilumina. Se ha formado un pequeño charco de agua bajo sus zapatos.
Lo primero que ven sus ojos, son unas botas de charol negro, brillantes. Un paraguas ya cerrado, chorreando. Una mano que lo sostiene, al tiempo que lo mueve para desprender el agua que ha ido recogiendo por el camino.
Levanta la mirada y encuentra una gabardina de tergal azul oscuro, un pañuelo de colores anudado, las solapas cobijando el cuello y una caperuza de tela gris cubriendo su cabeza y rostro con dos pequeñas aberturas para los ojos.
Él sonríe con dulzura. Guarda la pipa en su cajetín. Se aparta a un lado. Le cede el paso.
Entran y son recibidos por un acomodador que les guía con la luz de una pequeña linterna de petaca. Se desprenden de las gabardinas y toman asiento. Se miran y ambos sienten el cobijo.
Comienzan los títulos de crédito en la pantalla: El hombre elefante, de David Lynch.

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