Autor: Parkinson ACAPK

  • «Pura magia»: Un homenaje a la memoria  de Mari Carmen Azkona

    «Pura magia»: Un homenaje a la memoria de Mari Carmen Azkona

    El pasado jueves 19 de junio, se celebró la presentación del libro Pura magia, una recopilación de cuentos escritos por Mari Carmen Azkona, que se ha publicado cumpliendo uno de sus últimos deseos. El acto reunió a familiares, amistades, entidades colaboradoras y muchas personas que quisieron acompañar este momento tan especial.

    La obra nace a partir de la propuesta de Diego, maestro de Casalarreina (La Rioja), quien impulsó la idea en Mari Carmen de organizar sesiones de cuentacuentos tanto para niñas y niños como para personas adultas. Desde ahí comenzó el recorrido que ha dado forma a este proyecto literario.

    Mari Carmen comenzó su relación con nuestra entidad como voluntaria en la carrera Run for Parkinson. Más adelante, participó como jurado en las tres ediciones de nuestro concurso de cuentos cortos Kontatu Bihotzarekin – Cuéntalo con el Corazón. Siempre demostró un enorme compromiso y una sensibilidad especial hacia las personas con párkinson.

    La edición del libro ha sido posible gracias al trabajo conjunto de diferentes personas y entidades. La corrección y maquetación de los relatos se realizó con especial cuidado, mientras que la Asociación Cómplices Literarios brindó su colaboración y el Ayuntamiento de Portugalete facilitó el apoyo institucional necesario para hacer realidad esta publicación.

    Las ilustraciones que acompañan los dieciséis cuentos fueron creadas expresamente para la obra por nuestra presidenta de la asociación, Marisol Díaz. Sus imágenes se inspiran en la lectura cercana y detallada de los textos, que destacan por su tono descriptivo y por la calidez con la que acercan al lector al mundo de los personajes. Mari Carmen llegó a conocer varias de estas ilustraciones, y quienes compartieron aquel momento recordaron la chispa de emoción con la que las recibió.

    El contenido del libro refleja valores que marcaron la forma de entender la vida de su autora: la importancia de la amistad, la superación personal, el trabajo colectivo y la conciencia social sobre cuestiones como la contaminación, la migración o los conflictos bélicos. En cada historia se aprecia su sensibilidad, su humanidad y la intención de invitar a la reflexión.

    Durante el acto se leyeron pequeños fragmentos de los relatos, que ofrecieron un adelanto del universo que espera a quienes se acerquen a Pura magia. Este libro es un homenaje a la mirada luminosa y generosa de Mari Carmen, y un testimonio de su compromiso con la cultura y la solidaridad.

    Quienes deseen un ejemplar de Pura magia pueden adquirirlo en la sede de la asociación, en la calle Castilla La Mancha nº1 de Barakaldo (local de CODISFIBA).

  • La exposición «Con mucho tiento»

    La exposición «Con mucho tiento»

    Hace unas semanas os animábamos a acercaros a nuestra exposición Con mucho tiento, y hoy, después de haberla expuesto durante estas dos semanas queremos contaros que fue todo un éxito. Una muestra colectiva llena de emoción, talento y ganas de demostrar que el párkinson no es un límite cuando se trata de crear.

    La exposición se inauguró el 1 de abril en el Centro Cívico Clara Campoamor de Barakaldo, coincidiendo con el Día Mundial del Párkinson. Más de 50 personas nos acompañasteis en esa tarde tan especial: participantes, familiares, otras asociaciones amigas y muchas personas que se acercaron por curiosidad y se fueron con el corazón lleno. Durante esta últimas dos semanas, del 1 al 16 de abril, Con mucho tiento estuvo abierta al público, y fue una oportunidad preciosa para conocer de cerca todo lo que las personas con párkinson son capaces de aportar.

    En total, se expusieron más de 40 obras realizadas por artistas de distintas comunidades autónomas. Cada pieza contaba una historia distinta: cuadros de técnica mixta, dibujos, collages, pequeñas esculturas… Todas ellas hablaban de esfuerzo, ilusión y ganas de compartir. Gracias a la colaboración de varias asociaciones que enviaron sus obras, conseguimos que esta exposición fuera mucho más que una muestra local: se convirtió en un punto de encuentro y de unión entre entidades que trabajamos por lo mismo.

    Con mucho tiento nació con un propósito claro: dar visibilidad al párkinson desde una mirada positiva, reivindicar la creatividad como herramienta de superación y mostrar que las personas con párkinson pueden seguir participando activamente en la vida cultural. Y podemos decir que lo hemos conseguido con creces.

    Queremos dar las gracias de corazón a todas las personas que lo hicieron posible y a quienes respondieron a nuestra invitación. Sabemos que este es solo el principio de muchas más experiencias que nos seguirán uniendo alrededor del arte y de la fuerza que nace al compartirlo.


    Si no pudiste venir, aquí tienes un vistazo a la exposición y sus maravillosas obras:

  • Sinvergüenza

    Autora: Begoña Carrasco

    2–3 minutos

    Cómo iba yo a adivinar lo que el destino me tenía preparado en aquel domingo de verano.
    Salí con Cerdita, mi perrita. La idea era fácil de ejecutar: un tranquilo paseo disfrutando del buen tiempo. Anduvimos un rato y noté que a ella le costaba avanzar. El bochorno y el exceso de pelo, pudieran ser los culpables. La levanté y la tomé en mis brazos.
    Y ahora que caigo, tomé la decisión acertada. Porque sin verla venir, apareció sobre nuestras cabezas una nube emborronada de negro. El cielo se enfurruñó y comenzó a caer una lluvia petarda y con la intención clara de molestar. En unos pocos minutos, nos caló hasta los huesos.
    Vi una boca de metro. Sentí una sensación de luz clara en mi cabeza.
    —Estamos salvados, Cerdita —grité de puro contento.
    Bajé las escaleras de dos en dos, más que nada para adquirir calor, pero sentí de nuevo frío cuando comprobé que el andén estaba repleto de gente tan iluminada como yo.
    Durante la espera al convoy dejé un charquito de agua que se unió al resto de pequeños lagos.
    Entramos en el vagón, como de costumbre, sin dejar salir primero a los viajeros que llegaban a su destino. Más de uno y una, se quejaron de la falta de respeto, pero ni caso.
    Ya dentro, me agarré a la barra y dejé a Cerdita en el suelo. No me percaté, pero ella estaba deseando desprenderse del agua que llevaba encima. Y vamos que sí lo hizo. La sacudió moviéndose de un lado a otro con tanta energía que bañó a todos los viajeros de alrededor, incluido yo.
    Y entonces apareció mi mala suerte. Un niño rompió a llorar, más por susto, que por mojadura. La madre empezó a vociferar: Van a tener más derechos los animales, que las personas humanas… dónde vamos a llegar… Se unieron a la señora voces apoyando sus tesis. Vaya educación, no deberían dejar tener perros a algunos dueños.
    Cerdita, no entendía aquel belén y asustada se lanzó a correr sin mirar atrás. Yo coloqué mis pies en firme, sobre el suelo y me dispuse a alcanzarla. Lo que no predije es que el susodicho niño, con tanto mimo, se había empoderado y colocó su pierna derecha estirada obstaculizando mi paso. Caí como caen los héroes buenos, con los piños sobre el duro suelo.
    Al levantar la vista, unas botas de militar negras, me colocaron en la realidad: el empleado de seguridad, visto desde el suelo, me pareció un gigante a vencer.
    —Levántese —dijo la máxima autoridad—. ¿No conoce la normativa del metro? Las mascotas no pueden tocar el suelo —añadió.
    Levanté mi dolorido cuerpo y recogí a Cerdita, que tiritaba guarecida debajo de un asiento.
    —Nos bajaremos en la próxima parada, tomaremos sus datos personales y en unos pocos días recibirá en casa las multas pertinentes —dijo el gigante.
    Al bajarnos, yo sentí como las miradas de los viajeros se clavaban en mi persona y entre los murmullos, oí claramente uno: ¡Vaya sinvergüenza!

  • Ni un paso más

    Autora: Ana Pino

    2–3 minutos

    Sandro tenía la mirada perdida. Daniel extendió la mano hacía él. Llevaban mucho tiempo así. Debajo de ellos no cesaba la expectación. Desde la posición de Daniel el grupo de gente que se apostaba debajo se asemejaba a una masa de colores que se movía lenta, pero de forma incesante, acompañada de un murmullo continuo. Sandro trataba de ignorar todos estos movimientos y ruidos, centrándose en el equilibrio de su cuerpo, era difícil. En la azotea corría un ligero aire que le revolvía el pelo sobre la frente lo que, sumado a su altura, un metro ochenta y cinco, le dificultaba la tarea.
    Tanto el postulante a suicida como el negociador perteneciente al cuerpo de bomberos de la ciudad de Madrid se esforzaban en su cometido.
    Hasta ahora el mediador había conseguido muy poca información, pero el suicida trataba de convencerle de que ésta era la mejor solución para todos, que se merecía ese final. Sin embargo, su trabajo era conseguir que ese hombre no diera ni un paso más. El borde de la azotea era de granito pulido, empezaba a lloviznar. Sandro calzaba unos zapatos de vestir con suela fina de cuero. Daniel había tenido que subir tan precipitadamente que no llevaba equipo de escucha ni arnés de seguridad, quizás eso dijese muy poco a favor de lo gran profesional que era, mas el tiempo corría en su contra. En veinte años de carrera como negociador sólo había perdido a tres personas. Podían parecer pocas con la infinidad de casos intervenidos en todo ese tiempo, pero sus rostros le acompañaban cada noche cuando cerraba los ojos.
    Por fin consiguió que Sandro le confesara el motivo por el cual estaba allí. Era algo realmente atroz. Daniel acercó su mano aún más cuando el cesto de la grúa de rescate estaba ya pegado al borde, con la portezuela abierta. Era tan horrible lo que había escuchado en boca de Sandro que cuando por fin pudo alcanzarlo para ponerlo a salvo, dio un pequeño tirón y lo dejó caer al vacío. Estaba seguro de que su cara no aparecería junto a las tres de sus sueños.

  • Pasar solo con el tren parado

    Autora: Begoña Carrasco

    1–2 minutos

    Sintió en el rostro un bofetón de aire helado al salir del pequeño habitáculo. Cerró tras de sí la puerta de la sala de espera. Dentro dejó el aire viciado y calenturiento, así como la algarabía de voces de los viajeros que hablaban entre ellos sin siquiera conocerse, con una intención: acortar el tiempo.
    El lugar era inhóspito pero agradeció poder mirar el horizonte. Las nubes tenían un gris que anunciaban la nieve muy cercana.
    Las vías del tren, perpetuas e inamovibles. Los tendidos de cable eléctricos y la placa que recuerda el peligro de muerte con el dibujo de una calavera. Un cartel prohibiendo cruzar las vías.
    El viento campaba a sus anchas. Víctor se protegió del frío alzando el cuello de su gabardina, guardando sus manos en los bolsillos.
    Aguardó en el andén, respetó la línea de prohibición Pasar solo con el tren parado.
    Así permaneció digno como el junco que no se rompe, estacionado con la maleta, su pensamiento y la soledad.
    Duró más bien poco la tranquilidad. A su espalda comenzaron los murmullos. El grupo de viajeros que esperaban bajo cobijo, salían al andén, con una conversación de queja, “Vaya, que frío hace”, repetían como en automático.
    Víctor se quedó mirando fijamente a las vías, vio con claridad un ligero temblor en ellas. Señal inequívoca de que el tren se acercaba. Su cuerpo encogido bajo el resguardo de la gabardina, sintió un escalofrío.
    El jefe del lugar, se colocó sobre la cabeza la gorra de plato y la pequeña visera que sumaba autoridad a su uniforme. Un bigote espeso se encargaba de no dejar ver cualquier atisbo de sonrisa. Salió de su escondrijo, con el banderín rojo recogido y el silbato preparado para ser utilizado.
    Un pitido muy lejano se fue acercando. La algarabía llena de murmullos sin sentido. La falsa autoridad disfrazada. Víctor sintió impaciencia.
    Por fin el tren llegaba, aminorando su marcha. Llegó y la normalidad se rompió. Los murmullos se convirtieron en gritos y lamentos y la autoridad en un testigo oficial de lo ocurrido.

  • Tiempo de soledad

    Autora: Begoña Carrasco

    1–2 minutos

    Otoño. El día despertó con un color apagado. Unas nubes descoloridas anunciaban chubascos en toda la ciudad.
    Luz artificial en la cocina de Andrés. Ésta le ayudaba a ver con nitidez los diferentes utensilios para elaborar un delicioso desayuno que tomaban en la terraza. Miró al cielo, a través de los cristales del ventanal y su cuerpo se recogió como si sintiera el frío del exterior.
    Colocó en la mesita de la terraza, como cada día, meticulosamente ordenado, todo lo necesario para dos comensales.
    —Abrígate querida, hoy se nota el fresquito del otoño.
    No hubo respuesta.
    —El desayuno está listo —dijo Andrés al tiempo que le acercaba la silla.
    —¿Has descansado bien? —preguntó él.
    No hubo respuesta. Tampoco la esperaba, estaba acostumbrado.
    El aire empujó gotas de lluvia, que se colaron en la terraza, nacidas de alguna nube pasajera.
    Andrés dejó la tostada que estaba a punto de morder y se levantó de la silla para dirigir sus pasos al interior de la casa. En unos minutos apareció de nuevo con un chal que amorosamente colocó sobre los hombros de ella.
    “Gracias, querido”, creyó oír Andrés.
    El cielo comenzó a despejarse y dejó que un sol esplendoroso saliera de su escondite. Andrés acercó una tumbona para que ella reposara y la invitó dulcemente a descansar.
    Discurría el día, como los demás, dentro de una rutina ya conocida. No sabían de discusiones, esas que tenían otras parejas, con insultos y palabras malsonantes incluidas.
    Poco a poco, se fueron terminando los días, las semanas, los meses… Y estos sumaron casi veinte años.
    Fue un día de primavera, soleado, por la mañana. Andrés se desplomó. Sobre las frías baldosas, un corazón que se olvidó de latir.
    El vecino próximo a su terraza, al no oír ruidos de vida en la de Andrés, avisó a la policía.
    Llegaron bomberos y agentes uniformados. Éstos solo pudieron certificar el fallecimiento de Andrés. Sin señales de violencia, tumbado en el suelo de la terraza, junto a la mesa ya lista para que dos almas gemelas puedan tomar un desayuno exquisito.

  • El cobijo

    Autora: Begoña Carrasco

    1–2 minutos

    Una lluvia sin medida cae torrencialmente. Los pocos automóviles que circulan levantan el agua encharcada en volandas.
    Él se cobija bajo la tejavana de la taquilla de un cine.
    Alto, de pelo negro, una gabardina tres cuartos de tergal gris. Sostiene con su mano derecha una pipa de tabaco que va dejando allá por donde va un aroma de tranquilidad, que invita a estar cerca de él.
    El agua sigue corriendo a mares por el asfalto, busca una alcantarilla donde colarse y poder descansar.
    El hombre sigue cobijado y levanta su brazo izquierdo, mira la esfera del reloj. Un gesto impaciente se dibuja en su rostro.
    Transcurren más o menos cinco minutos y aparece la persona con la que se ha citado. El rostro del hombre se ilumina. Se ha formado un pequeño charco de agua bajo sus zapatos.
    Lo primero que ven sus ojos, son unas botas de charol negro, brillantes. Un paraguas ya cerrado, chorreando. Una mano que lo sostiene, al tiempo que lo mueve para desprender el agua que ha ido recogiendo por el camino.
    Levanta la mirada y encuentra una gabardina de tergal azul oscuro, un pañuelo de colores anudado, las solapas cobijando el cuello y una caperuza de tela gris cubriendo su cabeza y rostro con dos pequeñas aberturas para los ojos.
    Él sonríe con dulzura. Guarda la pipa en su cajetín. Se aparta a un lado. Le cede el paso.
    Entran y son recibidos por un acomodador que les guía con la luz de una pequeña linterna de petaca. Se desprenden de las gabardinas y toman asiento. Se miran y ambos sienten el cobijo.
    Comienzan los títulos de crédito en la pantalla: El hombre elefante, de David Lynch.

  • Manos arriba

    Autora: Ana Pino

    1–2 minutos

    Manos arriba

    Nunca nadie le habló de que aquella debilidad familiar se iba a desarrollar hasta el punto de condicionarle la vida. Desde que llegó a la pubertad sus glándulas sudoríparas de las axilas segregaban un olor más fuerte de lo usual. Esto le obligaba a llevar los brazos pegados al cuerpo, porque en alguna ocasión al levantarlos había producido algún desmayo.
    Hoy era un día especial, tenía su primera entrevista de trabajo en una oficina bancaria del centro de la ciudad. Se había comprado para la ocasión un traje de chaqueta de raya diplomática, unos zapatos de salón negros y un bolso a juego. Quería dar buena impresión. Se empolvó las axilas con talco y le dedicó un ratito más a su sesión de meditación. Tenía que llegar a la entrevista completamente concentrada y relajada.
    Cuando entró en la oficina el lugar estaba muy tranquilo, pasó al despacho del director que la estaba esperando. Amalia consciente de su problema no era capaz de relajarse ante las preguntas del director. A medida que la entrevista iba transcurriendo se ponía más nerviosa. Empezó a notar cómo sus glándulas se hinchaban; si empezaba a sudar sería catastrófico y no conseguiría el empleo.
    De repente unos gritos llegaron hasta ellos:


    —Vamos todos al suelo, esto es un atraco, pórtense bien y nadie saldrá herido.
    El rostro del director palideció y enseguida el atracador llegó hasta ellos.
    —Rápido ustedes dos, manos arriba, van a levantarse lentamente y se reunirán con los demás.
    Amalia obedeció sin rechistar, levantó los brazos y a continuación un hedor insoportable empezó a emanar de sus axilas haciendo tambalearse a todo el personal, incluyendo al atracador. El agente de seguridad aprovechó la confusión para reducirlo. Después de aclarar la situación y haber entregado al delincuente a la policía, el director de la oficina le hizo una propuesta de empleo a Amalia. Sería la nueva jefa de seguridad. No era el trabajo que quería pero para empezar no estaba nada mal.

  • El misterio del huecograbado real

    Autora: Ana Pino

    2–3 minutos

    Después de tres días caminando, Kilian llegó a una pequeña localidad escondida entre bosques y montañas. Allí se erigía, como si fuera una fortaleza militar, la colegiata de una orden cisterciense. Kilian investigó un año entero en bibliotecas e interrogó a caminantes, hospederos y maleantes, de los cuales obtuvo pocas respuestas. Pero, por fin, sabía dónde se hallaba el huecograbado real. Se tomó su búsqueda como si se tratase del Santo Grial o el Vellocino de Oro. El huecograbado real era una pieza de orfebrería en oro perteneciente a la vajilla de un rey navarro del siglo XII, uno de los Sanchos, probablemente. Lo utilizaban para servir huevos pasados por agua, tenía la forma de una pequeña copa con grabados de imágenes de las épicas batallas de su supuesto dueño. El fondo de la pieza tenía engarzada una piedra preciosa de gran valor del tamaño de un hueso de aceituna. Kilian sólo tenía que entrar, cogerlo y salir. El plan no estaba mal, de no ser por el tamaño del edificio. Tampoco podía esperar, así que no le quedó otro remedio que aventurarse. Empujó la puerta de madera de gran peso y tamaño hasta que cedió y se abrió. Se deslizó con mucha cautela y silencio hasta el altar y se sintió indeciso, sin tener muy claro por dónde empezaría. Había mil sitios en los cuales podía estar, pero se decidió por el más obvio e importante. Forzó la puertecilla del sagrario, allí sólo encontró un cáliz y un pequeño cuenco lleno a rebosar de formas sagradas ya preparadas para la homilía. Por lo visto esta comunidad contaba con muchos hermanos a juzgar por la cantidad de formas. De pronto se abrió la puerta de la sacristía. Kilian tuvo el tiempo justo para cerrar la puertecilla y disimular orando delante del sagrario. El hermano cruzó el altar dirigiéndose a él. Se presentó como el abad Briccio, invitándolo a pasar a las dependencias interiores. A Kilian aquello no le presagiaba nada bueno. Ambos se dirigieron a la sacristía y atravesaron la puerta. Dos hermanos más estaban allí esperándolos y, sin mediar palabra, le asestaron un golpe en la cabeza.

    Kilian no sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero cuando despertó su cuerpo estaba magullado, le dolía hasta el ultílogo, no recordaba que le hubieran propinado un golpe ahí, pero le dolía muchísimo. Estaba en una estancia semejante a una mazmorra, al fondo escuchó a alguien toser y supo que no estaba solo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz tenue, vislumbró la figura de una persona: parecía un hombrecillo desaliñado. Se sentó junto a él y trató de sonsacarle unas palabras, tan sólo llegó a una conclusión: el huecograbado real y él iban a tardar un tiempo en salir de la colegiata.

  • Fiestas del Carmen 2024/ Karmengo Jaiak 2024

    Fiestas del Carmen 2024/ Karmengo Jaiak 2024

    Las fiestas del Carmen de Barakaldo 2024 están a la vuelta de la esquina, ¡por lo que preparaos para estos nueve días de fiesta! Del 13 al 21 de julio, la Asociación Parkinson Nervión Ibaizabal ACAPK participaremos en varios eventos durante las fiestas.

    El sábado 13 de julio a las 18:30, nuestra cuadrilla de Parkinson Nervión Ibaizabal ACAPK se sumará a la marcha de JOLIN Y DEABRU, listos para la diversión con las otras cuadrillas. Este año el desfile empezará en el parque de Los Hermanos y terminará en la Herriko Plaza.

    El martes 16 de julio, a las 19:30 horas, preparaos para nuestro concierto titulado «POR LA PAZ» en el Centro Cívico Clara Campoamor. El talentoso coro ACAPK de nuestra asociación será el encargado de hacernos vibrar con su música. Una experiencia emocionante para explorar los sentimientos que despierta la pelea entre la guerra y la paz a través de melodías envolventes y voces apasionadas. ¡Imperdible!

    ¡Nos morimos de ganas por sumarnos a la fiesta y disfrutar a tope de estos ratos de felicidad junto a vosotros/as! Os invitamos a uniros a las festividades anuales de Barakaldo, y esperamos veros con nostros en estas actividades.