Sinvergüenza

Autora: Begoña Carrasco

2–3 minutos

Cómo iba yo a adivinar lo que el destino me tenía preparado en aquel domingo de verano.
Salí con Cerdita, mi perrita. La idea era fácil de ejecutar: un tranquilo paseo disfrutando del buen tiempo. Anduvimos un rato y noté que a ella le costaba avanzar. El bochorno y el exceso de pelo, pudieran ser los culpables. La levanté y la tomé en mis brazos.
Y ahora que caigo, tomé la decisión acertada. Porque sin verla venir, apareció sobre nuestras cabezas una nube emborronada de negro. El cielo se enfurruñó y comenzó a caer una lluvia petarda y con la intención clara de molestar. En unos pocos minutos, nos caló hasta los huesos.
Vi una boca de metro. Sentí una sensación de luz clara en mi cabeza.
—Estamos salvados, Cerdita —grité de puro contento.
Bajé las escaleras de dos en dos, más que nada para adquirir calor, pero sentí de nuevo frío cuando comprobé que el andén estaba repleto de gente tan iluminada como yo.
Durante la espera al convoy dejé un charquito de agua que se unió al resto de pequeños lagos.
Entramos en el vagón, como de costumbre, sin dejar salir primero a los viajeros que llegaban a su destino. Más de uno y una, se quejaron de la falta de respeto, pero ni caso.
Ya dentro, me agarré a la barra y dejé a Cerdita en el suelo. No me percaté, pero ella estaba deseando desprenderse del agua que llevaba encima. Y vamos que sí lo hizo. La sacudió moviéndose de un lado a otro con tanta energía que bañó a todos los viajeros de alrededor, incluido yo.
Y entonces apareció mi mala suerte. Un niño rompió a llorar, más por susto, que por mojadura. La madre empezó a vociferar: Van a tener más derechos los animales, que las personas humanas… dónde vamos a llegar… Se unieron a la señora voces apoyando sus tesis. Vaya educación, no deberían dejar tener perros a algunos dueños.
Cerdita, no entendía aquel belén y asustada se lanzó a correr sin mirar atrás. Yo coloqué mis pies en firme, sobre el suelo y me dispuse a alcanzarla. Lo que no predije es que el susodicho niño, con tanto mimo, se había empoderado y colocó su pierna derecha estirada obstaculizando mi paso. Caí como caen los héroes buenos, con los piños sobre el duro suelo.
Al levantar la vista, unas botas de militar negras, me colocaron en la realidad: el empleado de seguridad, visto desde el suelo, me pareció un gigante a vencer.
—Levántese —dijo la máxima autoridad—. ¿No conoce la normativa del metro? Las mascotas no pueden tocar el suelo —añadió.
Levanté mi dolorido cuerpo y recogí a Cerdita, que tiritaba guarecida debajo de un asiento.
—Nos bajaremos en la próxima parada, tomaremos sus datos personales y en unos pocos días recibirá en casa las multas pertinentes —dijo el gigante.
Al bajarnos, yo sentí como las miradas de los viajeros se clavaban en mi persona y entre los murmullos, oí claramente uno: ¡Vaya sinvergüenza!

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