El misterio del huecograbado real

Autora: Ana Pino

2–3 minutos

Después de tres días caminando, Kilian llegó a una pequeña localidad escondida entre bosques y montañas. Allí se erigía, como si fuera una fortaleza militar, la colegiata de una orden cisterciense. Kilian investigó un año entero en bibliotecas e interrogó a caminantes, hospederos y maleantes, de los cuales obtuvo pocas respuestas. Pero, por fin, sabía dónde se hallaba el huecograbado real. Se tomó su búsqueda como si se tratase del Santo Grial o el Vellocino de Oro. El huecograbado real era una pieza de orfebrería en oro perteneciente a la vajilla de un rey navarro del siglo XII, uno de los Sanchos, probablemente. Lo utilizaban para servir huevos pasados por agua, tenía la forma de una pequeña copa con grabados de imágenes de las épicas batallas de su supuesto dueño. El fondo de la pieza tenía engarzada una piedra preciosa de gran valor del tamaño de un hueso de aceituna. Kilian sólo tenía que entrar, cogerlo y salir. El plan no estaba mal, de no ser por el tamaño del edificio. Tampoco podía esperar, así que no le quedó otro remedio que aventurarse. Empujó la puerta de madera de gran peso y tamaño hasta que cedió y se abrió. Se deslizó con mucha cautela y silencio hasta el altar y se sintió indeciso, sin tener muy claro por dónde empezaría. Había mil sitios en los cuales podía estar, pero se decidió por el más obvio e importante. Forzó la puertecilla del sagrario, allí sólo encontró un cáliz y un pequeño cuenco lleno a rebosar de formas sagradas ya preparadas para la homilía. Por lo visto esta comunidad contaba con muchos hermanos a juzgar por la cantidad de formas. De pronto se abrió la puerta de la sacristía. Kilian tuvo el tiempo justo para cerrar la puertecilla y disimular orando delante del sagrario. El hermano cruzó el altar dirigiéndose a él. Se presentó como el abad Briccio, invitándolo a pasar a las dependencias interiores. A Kilian aquello no le presagiaba nada bueno. Ambos se dirigieron a la sacristía y atravesaron la puerta. Dos hermanos más estaban allí esperándolos y, sin mediar palabra, le asestaron un golpe en la cabeza.

Kilian no sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero cuando despertó su cuerpo estaba magullado, le dolía hasta el ultílogo, no recordaba que le hubieran propinado un golpe ahí, pero le dolía muchísimo. Estaba en una estancia semejante a una mazmorra, al fondo escuchó a alguien toser y supo que no estaba solo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz tenue, vislumbró la figura de una persona: parecía un hombrecillo desaliñado. Se sentó junto a él y trató de sonsacarle unas palabras, tan sólo llegó a una conclusión: el huecograbado real y él iban a tardar un tiempo en salir de la colegiata.

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