Autora: Ana Pino
Manos arriba
Nunca nadie le habló de que aquella debilidad familiar se iba a desarrollar hasta el punto de condicionarle la vida. Desde que llegó a la pubertad sus glándulas sudoríparas de las axilas segregaban un olor más fuerte de lo usual. Esto le obligaba a llevar los brazos pegados al cuerpo, porque en alguna ocasión al levantarlos había producido algún desmayo.
Hoy era un día especial, tenía su primera entrevista de trabajo en una oficina bancaria del centro de la ciudad. Se había comprado para la ocasión un traje de chaqueta de raya diplomática, unos zapatos de salón negros y un bolso a juego. Quería dar buena impresión. Se empolvó las axilas con talco y le dedicó un ratito más a su sesión de meditación. Tenía que llegar a la entrevista completamente concentrada y relajada.
Cuando entró en la oficina el lugar estaba muy tranquilo, pasó al despacho del director que la estaba esperando. Amalia consciente de su problema no era capaz de relajarse ante las preguntas del director. A medida que la entrevista iba transcurriendo se ponía más nerviosa. Empezó a notar cómo sus glándulas se hinchaban; si empezaba a sudar sería catastrófico y no conseguiría el empleo.
De repente unos gritos llegaron hasta ellos:
—Vamos todos al suelo, esto es un atraco, pórtense bien y nadie saldrá herido.
El rostro del director palideció y enseguida el atracador llegó hasta ellos.
—Rápido ustedes dos, manos arriba, van a levantarse lentamente y se reunirán con los demás.
Amalia obedeció sin rechistar, levantó los brazos y a continuación un hedor insoportable empezó a emanar de sus axilas haciendo tambalearse a todo el personal, incluyendo al atracador. El agente de seguridad aprovechó la confusión para reducirlo. Después de aclarar la situación y haber entregado al delincuente a la policía, el director de la oficina le hizo una propuesta de empleo a Amalia. Sería la nueva jefa de seguridad. No era el trabajo que quería pero para empezar no estaba nada mal.

Deja una respuesta