Autora: Marisol Díaz
Quincy, Ilinois, era un pueblo americano donde vivía un asentamiento mormón cerrado a todo avance social, político, religioso y cultural. Solo eran medio millar, pero estaban muy arraigados en sus creencias y estilo de vida.
El señor Bart era un hombre recto, metódico, religioso y muy respetado en el pueblo. Se unió a una mujer sumisa, con poca cultura, muy trabajadora con la que crio tres hijas y un hijo.
Madelyn era la primogénita y se llevaba diez años con su siguiente hermana, a partir de ahí sus hermanos se llevaban un año entre ellos, por lo que ella se hizo cargo junto con su madre de la educación de sus hermanos. Además cuidaban de la granja y los quehaceres del hogar.
El señor Bart se encargaba de todo lo referente al día a día de la iglesia, y de las obligaciones del campo.
Madelyn, siempre que tenía un rato, leía todo lo que caía en sus manos y escribía todo aquello que le venía a la mente. Esto lo hacía a escondidas porque su padre consideraba que su único aprendizaje debía ser el cuidado de sus hermanos y trabajar en las labores de la casa. Su madre, conocedora de esta afición por la escritura, la prevenía de lo que podría pasar si su padre la descubriese. Su madre era una mujer de salud endeble y cuando Madelyn contaba con 16 años enfermó, así que durante tres años más también se tuvo que hacer cargo de su ella.
Entre el señor Bart y Madelyn no había buena relación. Muchas veces se preguntaba por qué la trataba como a una extraña y no tenía ninguna consideración con ella. Madelyn se revelaba por no permitirla ir a la escuela y criticarla constantemente, tachándola de ser una mujer díscola y soberbia, así que en su cabeza rondaba la idea de volar a otra forma de vida, pero se veía atada y no podría hacerlo mientras su madre la necesitase.
Madelyn no tenía interés por ningún chico de su comunidad, esto a su padre no le importaba, pues contaba con ella hasta el fin de sus días para ayudarle en los cuidados de sus hermanos, la casa e incluso de él mismo cuando se hiciera mayor. Cuando ella contó diecinueve años, su madre falleció. En un momento en que se quedaron a solas, en el lecho de muerte, le indicó donde tenía las joyas de sus antepasados, y algún dinero que guardaba con anhelo a escondidas de su padre y le dijo que se alejase de aquella vida de sumisión y sin alicientes. Junto con el dinero había una carta, en la que confesaba que Bart se casó con su madre cuando Madelyn tenía tres años, porque sintió que debía protegerla de las malas lenguas por haberse quedado embarazada de un comerciante que estaba de paso y que nunca volvió a ver. Bart no consumó el matrimonio hasta pasados cinco años de vida matrimonial, porque tenía la extraña creencia de que su cuerpo debía purificarse sin tener relaciones sexuales durante esos años.
Una noche, cuando Madelyn tenía todo preparado para irse, reunió a sus hermanos que por aquel entonces contaban con nueve, ocho y siete años respectivamente y les contó su intención de irse. Les hizo prometer que no le dirían nada a su padre hasta la mañana siguiente, les abrazó y con lágrimas en los ojos les juró no olvidarse de ellos, y que en cuanto tuviera ocasión volvería y si alguno quería salir de allí, ella se lo llevaría.
Madelyn se fue y después de varias experiencias laborares acabo en Livingston, pasó momentos duros, pues no conocía más mundo que su casa, a pesar de ello, consiguió su objetivo: ser una reconocida escritora.
Pasaron 10 años, demasiado tiempo, cuando volvió a su casa, allí encontró a un padre muy mayor, sumido en la tristeza y en la soledad, pues sus hermanas se habían casado muy jóvenes. La de 19 años ya tenía un bebé y la otra con 18 años se había ido de casa. Su hermano había tomado las riendas de la iglesia.
Pese que a que Bart se mostró distante, comprendió la relación que llegó a tener con ella, le conmovió y vio en aquel viejo huraño un buen corazón, que nunca supo demostrar el cariño que realmente les tenía. No soportó verle en aquel estado de abandono y soledad.
Siguió escribiendo y cuidando de Bart hasta el fin de sus días, y noveló su propia historia. Siempre firmaba sus libros con seudónimo, para no enojar a su padre ya que él nunca entendió que una mujer llegase a ser escritora.

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