Autora: Marisol Díaz
Emiliana era una profesora de música ya jubilada que vivía sola, en la misma escalera que la pequeña Silvia, la hija de una familia con la que hizo mucha amistad. Hasta el punto que Silvia pasaba muchas tardes con ella. Emiliana sentía por la chica un cariño solo comparable al que siente una abuela por su nieta.
El edificio en el que vivían tenía escaleras de madera. Las casas tenían un olor a humedad rancia característico, con ventanales estrechos y alargados y con un pasillo infinito. Hubo un tiempo en el que aquel pasillo estuvo invadido por las imágenes religiosas de la Iglesia del Carmen de Barakaldo, que por tener que cambiar la ubicación de la iglesia, fueron custodiadas durante un tiempo por Emiliana.
Emiliana pasaba muchos días al cuidado de Silvia y todos los días iba a rezar el rosario en la capilla habilitada provisionalmente en el Instituto Politécnico Nicolas Larburu, así que Silvia pasaba muchos ratos entretenida inspeccionando el altar o trasteando por la capilla. Para Silvia, Emiliana era un ser entrañable, recuerda aquellas noches en las que jugaban al bingo con alubias bajo la luz de una bombilla y al calor de una chapa de carbón. Muchas noches le hacía en la misma chapa una tortilla francesa y la acompañaba de un vasito de Quina S. Clemente que decían que abría el apetito.
Por la noche el cuerpo de Silvia temblaba cuando tenía que ir al baño situado al final del pasillo. Cuando se quedaba a dormir tenía que trepar a la cama porque era tan alta que le parecía imposible llegar arriba sin ayuda de Emiliana.
Todo en aquella casa le parecía misterioso. Pese a ello, para Silvia era una fiesta pasar ratos con Emiliana.
Siete años después, Silvia y su familia cambiaron de residencia a otra población y era Emiliana la que iba a verla y siempre la llevaba algún regalo. Uno que le hizo especial ilusión fue un piano de juguete de madera verde, que aún conserva después de 50 años.
Las visitas de Emiliana cada vez se distanciaban más en el tiempo, ella era mayor y su salud estaba cada vez más deteriorada
Cuando Silvia llegó a la adolescencia era ella la que iba a visitarla, pero cada vez con menos frecuencia, llegando a pasar hasta dos años entre una visita y otra la última vez que fue a verla. No encontraba nunca tiempo para dedicarle unas horas.
Tocó a su puerta un tres de abril, día del cumpleaños de Emiliana, pero nadie abrió. Bajaba en esos momentos una vecina y esta le dio la noticia: el 13 de febrero de aquel mismo año Emiliana falleció en la residencia Miranda de Barakaldo. Estuvo allí ingresada con una demencia severa y en uno de sus primeros momentos de lucidez dejó una carta para Silvia, le decía cuánto le echaba de menos y le dejó las llaves de su casa para que recuperase todos los recuerdos que Emiliana guardaba como un tesoro en un pequeño cofre. En él había un rosario y un bingo con los números en tacos redondos de madera y un pentagrama musical para que Silvia lo tocara en su pequeño piano verde.

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