Autora: Begoña Carrasco
Joaquín acabó de preparar la cena justo en el instante en el que comenzaba a sonar Sabina en la radio: Contra todo pronóstico. Acabar la canción y desear ser el protagonista de la misma, todo fue uno.
Ana entró en la cocina. Su sonrisa se congeló y apareció en su lugar, un gesto de extrañeza.
—¿Qué estás bebiendo? ¿Un gin-tonic antes de cenar?
—Afirmativo —contestó él.
Quin se ausentó de la cocina y Ana se quedó sin saber qué decir.
Ese fue el día en que todo cambió.
Desde entonces la máquina de escribir, una Hispano Olivetti Lettera 32, comenzó a trabajar en horario de mañana, tarde y noche.
Ana siguió con su trabajo de oficina, lunes a viernes de 8 a 15 h. La novela que estaba escribiendo avanzaba poco a poco.
Él eligió abandonar su trabajo de repartidor de jamones. Igualmente, dejó de cocinar. Mataba el apetito comiendo pizza de supermercado, horneada en un plis plas. Y se olvidaba de la sed, bebiendo un gin-tonic tras otro.
Y así comenzó su descubrimiento: podía escribir. Tecleaba cuando Ana no estaba en casa, tenía tantas palabras dentro de sí, acumuladas durante años, que le bastaron para escribir desde una a mil canciones.
Algunas noches, esas en que la Olivetti estaba ocupada, Quin salía de parranda por los garitos de Madrid. En ellos encontró mujeres y hombres que le contaron sus sueños rotos, las esperanzas vividas y cuentos de primavera, verano, otoño e invierno.
Todo lo anotó y esperó a que llegará su turno y poder aporrear la Lettera 32. Todito lo transcribió.
Terminó el gin-tonic. Se quedó roque en el sillón orejero. Justo cuando en sus sueños sonaba contra todo pronóstico, ha ganado el perdedor.
Ana entró en el salón y con un meneo cariñoso, le volvió a la realidad.
—Quin, despierta. La cena se está enfriando.

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