El mentalista

Autora: Marisol Díaz

3–5 minutos

En aquel mercado no había más que gente buscando dónde comprar más barato. Edi no aguantaba más el bullicio, unido a los pensamientos que, de un lado y otro, le atormentaban la cabeza. Decidió irse a la calle, allí se le difuminarían las ideas ajenas y se centraría en las propias.

Se paró al lado de un semáforo. Cuando percibió que la ancianita que tenía al lado pensaba cruzar sin esperar a que se pusiera verde, se precipitó a decirle al oídlo

—No lo haga.

La mujer se asustó creyendo que pretendía otra cosa y empezó a gritar y a molerle a bastonazos. Se escaqueó como pudo y salió corriendo.

Siguió su camino y puso su atención en un niño con la nariz pegada a un escaparate de una tienda de golosinas. Estaba tan embelesado mirando aquellas pequeñas tentaciones de colores, gelatinosas y rebosantes de azúcar que Edi no pudo más que entrar en el establecimiento y comprar la golosina que la mente del niño señalaba insistentemente. Cuando se acercó a él y se las dio, este le miró asombrado y le preguntó.

—¡Gracias!, ¿cómo sabía las que más me gustan?

—Tengo un don.

—¿Un don? ¿Qué es eso?

—Es algo prodigioso.

—Sigo sin entender —replicó el niño.

—Para que me entiendas ¿Qué poder tiene Superman? Volar ¿verdad? Pues yo tengo el poder de adivinar lo que estás pensando.

El niño dándole la espalda se alejó con la bolsa de chuches diciéndole

—Ah sí, como las madres. Mi mamá siempre me dice. ¡¡Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando!! Y lo adivina antes incluso de que lo piense.

Edi se quedó con un palmo de narices, mirando cómo se alejaba.

Mientras se acercaba a su casa se preguntaba cómo explicarle a un niño sus sensaciones, sus cualidades, que no le daban más que problemas.

Unos pasos delante de él, observó a un chico que iba extrañamente pegado a una señora. Edi aceleró el paso y se puso a hurgar en su mente y, efectivamente, lo que él sospechaba. Era un joven ladronzuelo que estaba maquinando cómo hacer para robarle el bolso.

Edi para evitar el robo inminente, gritó.

—¡¡Una rata, cuidado chico, ahí, ahí está subiendo por tu pierna!!

La señora asustada se alejó corriendo y gritando, mientras el chico se empezó a dar golpes y a saltar lleno de pánico.

Edi se escabulló y se fue por otra calle para despistar.

Ya en el último tramo para llegar a su casa se sentía agotado, de esquivar algunas situaciones y entrometerse en otras.

Pensó que no debía de estar atento a toda la información que le llegaba porque cualquier día se metería un lío del que no podría salir. Aún recuerda lo embarazoso de la situación cuando se encontró con uno de sus amigos que estaba de paseo con su mujer. La llevaba como un florero del brazo y se paró para pavonearse. Cuando Edi la saludó leyó en su mente.

—A ver si este gilipollas deja de enrollarse. Tengo que deshacerme de él, dejar a esta en casa y encontrarme con mi amante.

Ya en su portal, por fin el silencio. Sin gente. Se sentía en paz y soñaba con tumbarse en el sofá, tomarse un café y, con un buen libro en sus manos, trasladarse a otro universo. Pero no, no pudo ser. Oía pasos, era el borracho del piso de enfrente. Nunca le gustaba encontrarse con él, le daba mala vibra, pero aquella tarde Edi estaba especialmente receptivo y le llego el pensamiento de este hombre como si lo tuviera escrito en la frente. “Voy a matarla”, decía.

“No será verdad”, pensó Edi. Sabía por las broncas que oía habitualmente, que la relación con su mujer era bastante tormentosa. Como no le daba tiempo a abrir su cerradura sin topárselo en el rellano de la escalera, subió hasta el último piso y desde allí pidió ayuda por teléfono.

—Hola, pido por favor que venga la policía va a suceder un crimen —Dijo muy apurado.

—¿Por qué lo sabe? Díganos qué indicios tiene.

—Por favor, no hay tiempo. Es mi vecino, ha entrado en su casa con ese pensamiento.

—Pero, ¿cómo puede saber lo que está pensando su vecino?

—Lo sé, no me hagan más preguntas. Estamos perdiendo un tiempo precioso para evitar una tragedia.

Mandaron a la policía y a una ambulancia.

Él bajó rápidamente la escalera al oír gritos de auxilio. Cuando llegó a la puerta, salía su vecino con un cuchillo en la mano ensangrentada. Se lo entregó a Edi y salió corriendo.

Unos segundos después llego la policía. Le detuvo y le llevaron como sospechoso de asesinato.

Nadie creyó en su superpoder. Actualmente se encuentra recluido en un centro psiquiátrico.

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