La encina

Autor: Ricardo Fuentes

1–2 minutos

Se habían conocido en el grupo de montaña. De vez en cuando quedaban para comer y se fraguó algo especial entre los dos. Se reencontraron con el elixir de la juventud.

Gustavo era romántico le apasionaba tocar la guitarra y componer canciones. Patricia interpretaba melodías con su clarinete. Formaban una pareja peculiar.

Miraban con ilusión el tiempo que haría el fin de semana para subir solos a la montaña.

Habían quedado a las 9 de la mañana y eran las nueve y cuarto. Gustavo todavía no había llegado. La primavera tocaba su fin, los suelos estaban llenos de pétalos que se marchitaban. Por fin apareció.

Dos horas y treinta minutos de subida que se ampliaban por los momentos apasionados que los detenían. Sacaban las cantimploras, echaban un trago y se besaban, se acariciaban… Pero tenían que llegar a la cima, antes de que les entrara la pájara.

Por fin se iba acercando el objetivo. Caminaron bajo un sol de fuego hasta que encontraron cobijo junto a la gran encina. No se movía ni una hoja. Se encaramaron en lo más alto para contemplar aquellas vistas panorámicas tan bellas: al fondo dos valles, que parecían de postal, a lo lejos el mar. Brillaban sus ojos al mirarse en aquel hermoso lugar. Se bajaron del árbol con ganas de comerse el bocata, pero sabían lo que les complacía primero. Luego se lo comían con más ganas.

Pasaron tres horas en ese lugar, el silencio era gratificante, se quedaron dormidos hablando y pensando en el siguiente encuentro.

De nuevo en el valle pasaban los dias y los meses de rutina consumiendo el tiempo entre estaciones, el brote de capullos florecía otra primavera más. Pero el elixir de juventud se apagó en las montañas. Solo quedó una cantimplora oxidada bajo una rama quebrada de aquella encina.

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