Autora: Paloma López
Tan pronto como se quitó la chaqueta azul oscura, de pana gruesa desgastada, me fijé en él. Me pareció más joven cuando se arremangó la camisa y sacó una visera del bolsillo. Sorprendida, aprecié tatuajes con motivos relacionados con la mar en los brazos. La imagen de una virgen cubría una mano, sin duda era la del Carmen, patrona de los marineros.
Tenía alrededor de setenta años, metro ochenta, pelo negro frondoso con alguna cana, una barba del mismo tono cubría su tez morena, típica de marinos.
Le imagine cruzando el paso del Ecuador siendo muy joven, lugar señalado para ser bautizado como un buen grumete, años más tarde llegaría a ser jefe de máquinas.
Levantó la mirada, unos ojos oscuros contemplaron el horizonte donde se vislumbraba un arcoíris a lo lejos. El era uno de tantos solitarios viajeros que pasan meses en la mar, sin más paisaje que un cielo inmenso, lleno de atardeceres, de luz y tempestades.
Me preguntaba, ¿qué sensaciones podría tener en ese momento?, ¿cuántas jornadas había pasado a la intemperie?, ¿cuántos trágicos destinos acumulaban sus recuerdos?, ¿cuánto había anhelado a su familia en el diminuto camarote?
Apoyándose en un bastón se incorporó del banco de madera, ajada por el salitre, en el que probablemente acostumbraba a sentarse cuando el sol calentaba o el tiempo lo permitía.
Se acercó al muelle con pasos cortos, inclinando la cintura hacia un lado, barcos de pesca arribaban a puerto. Necesitaba respirar el aire del mar, impregnarse del olor de los marineros, le gustaba cambiar su experiencia por anécdotas, charlaba con la gente que se le acercaba.
Continué observándole. Su aspecto robusto y a la vez frágil, me hizo pensar en todas las travesías que habrían formado parte de su vida por los diferentes océanos.
Al acercarme le vi una gran cicatriz en uno de los pómulos, toda su imagen me hizo recordar al capitán Ahab persiguiendo a Moby Dick.
Pero sin duda, él tenía otras aventuras que contar, de seguro combatió con la muerte en varias ocasiones, tuvo que ser tripulante del famoso atunero vasco “El Alakrana”. Este barco ondeaba las banderas de la Ikurriña y la de Bermeo por el Índico cuando fue secuestrado por piratas somalíes. Se pudo pagar el rescate y fueron liberados después de 47 días. A raíz de aquel acontecimiento estos pioneros del arte de pescar llevan armas con el fin de defenderse en caso de ser atacados.
Presiento que cruzó El Cabo de Hornos, unas aguas turbulentas entre el Pacifico y el Atlántico, ya que tenía un aro en su lóbulo derecho, marca inequívoca de haber realizado tal hazaña.
Aquel hombre de sonrisa abierta y manos encallecidas, me cautivó. Mi visita a Bermeo fue un recorrido plácido y calmado, un buen día. Resplandecía el sol y la magia de mi imaginación trazó caminos de fortaleza, misterio y soledad.

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